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la Crisis ENERGETICA 2016.

  • hace 1 hora
  • 4 Min. de lectura



Por Katrin Bennhold, The New York Times


Las crisis del petróleo de la década de 1970 se han convertido en el punto de referencia cuando se habla del peor tipo de crisis energética global. Nada se les ha comparado. Hasta ahora.


Según algunas métricas, la crisis provocada por la guerra en Irán ya es peor. La situación es tan mala que el presidente Donald Trump, quien atacó a Irán el mes pasado, relajó las sanciones no solo a Rusia, sino también al propio Irán, para intentar evitar que los precios de la energía siguieran subiendo. Y podría empeorar aún más.


En esta edición escribo sobre la crisis energética de 2026, y sobre cómo ya está afectando a millones de personas en todo el mundo de formas muy concretas.


En Laos, más del 40 por ciento de las gasolineras están cerradas. Agence France-Presse — Getty Images
En Laos, más del 40 por ciento de las gasolineras están cerradas. Agence France-Presse — Getty Images

Duchas cortas y sin ascensores

Si vives en Corea del Sur, el gobierno acaba de pedirte que tomes duchas más breves (lee sobre esta medida en español) y que solo uses la lavadora los fines de semana. En Nepal, es posible que la cena de tu familia esté fría debido a la grave escasez de gas para cocinar. Y si estás organizando un funeral en Pune, India, no podrás hacer una cremación con gas; el gas está siendo racionado y es solo para los vivos.


En Laos, más del 40 por ciento de las gasolineras están cerradas. Se ha dicho a los funcionarios tailandeses que suban por las escaleras en lugar de utilizar los ascensores. Sri Lanka acaba de convertir el miércoles en día festivo, lo que obliga a fábricas, tiendas y escuelas a permanecer cerradas ese día.


No hay país en el mundo que no se haya visto afectado por el incremento en el precio del petróleo provocado por la guerra en Irán. Desde los precios de la gasolina en Estados Unidos hasta las cuentas de la calefacción en Europa, el costo de la vida va en ascenso.

Sin embargo, en muchos países el impacto va más allá de la inflación: en Asia, una región que depende mucho de las exportaciones energéticas del golfo Pérsico, las precarias reservas de gas y petróleo ya están trastornando la vida cotidiana.


En Filipinas, que el martes declaró estado de emergencia nacional, un periódico publicó una columna con un titular particularmente contundente. “La nación al borde del abismo: esta crisis del petróleo podría destruir todo lo que hemos construido”.

No hay una solución rápida


Vale la pena detenerse a analizar la magnitud de la conmoción. La semana pasada, el director de la Agencia Internacional de la Energía declaró al Financial Times que la guerra en Irán era la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de la historia. Dijo que había salido más petróleo de los mercados de golpe que en las crisis de 1973 y 1979 juntas.


Hablé con mi colega Rebecca F. Elliott, quien cubre temas de energía. Ella me dijo que gran parte de ello se debe al bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz, la angosta vía de navegación a lo largo de la costa meridional de Irán por la que circula alrededor del 20 por ciento de los suministros mundiales de petróleo y cantidades sustanciales de gas natural.

Este tráfico prácticamente se ha interrumpido durante la guerra. Como consecuencia, los precios del petróleo y el gas se han disparado, y países que están a miles de kilómetros de ahí se están quedando sin reservas energéticas.


La reapertura del estrecho en sí es un intrincado problema. Pero en este momento nos encontramos en una fase de la guerra en la que lograr que las exportaciones vuelvan a fluir ya no solo es cuestión de poner en movimiento a los petroleros.



Ambas partes han puesto infraestructuras energéticas en la mira. Irán depende de los ingresos por la venta de energía para mantener su gobierno en funcionamiento. Estados Unidos quiere desesperadamente bajar los precios del petróleo, un tema políticamente delicado en su país.


Según un análisis de The New York Times, decenas de refinerías de petróleo, yacimientos de gas natural y otras instalaciones energéticas han sido dañadas en nueve países.


Un ejemplo: después de que Israel atacara la parte iraní de un gigantesco yacimiento de gas natural en alta mar que Irán comparte con Catar, lo que hizo que los precios del gas se dispararan, Irán atacó la ciudad industrial de Ras Laffan, en Catar, donde se encuentra la mayor instalación de gas natural licuado del mundo.


Ras Laffan representa aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de gas natural licuado. Irán dañó alrededor del 17 por ciento, dijo Rebecca. Los operadores de otras instalaciones energéticas se han negado a revelar cuántos daños han sufrido.

Si el estrecho se reabriera mañana, y se pudiera convencer a las compañías navieras de que el trayecto es seguro, los flujos de energía aún tardarían semanas o meses en aproximarse a los niveles previos a la guerra, explicó Rebecca. En cuanto a reparar la infraestructura energética misma, eso podría llevar años.


Qué podría venir después

Las cosas podrían empeorar antes de mejorar.

“Ya estamos viendo cómo se desarrolla en tiempo real uno de los peores escenarios para los mercados mundiales de la energía”, dijo Rebecca. “Cuanto más tiempo permanezca cerrado el estrecho de Ormuz y más daños sufra la infraestructura energética, peor será”.

Y hay muchas posibilidades de que ambas partes escalen aún más, dijo.


Trump ha amenazado con atacar las centrales eléctricas iraníes. Irán podría volver a golpear Ras Laffan o atacar refinerías de petróleo importantes que hasta ahora siguen intactas.

Por el momento, todo esto se traduce en una lista cada vez más larga de dificultades cotidianas en todo el mundo. Pero hay indicios de que las cosas podrían empeorar. En Filipinas, una coalición de trabajadores del transporte ha convocado protestas masivas para esta semana. Ya hubo protestas en Tailandia. Muchos de los países más afectados tienen una capacidad limitada para proteger a sus ciudadanos de lo peor del impacto. Si esto se prolonga, las consecuencias políticas podrían aumentar, incluso para los gobiernos que no tienen capacidad para influir en cómo se desarrollan los enfrentamientos a miles de kilómetros de distancia.


Como dijo este mes el presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos Jr: “Somos víctimas de una guerra que no es de nuestra elección”.

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